Corría el mes de agosto de 1980. Yo tenía entonces veintiuno. En el pequeño puerto se realizó un cambio de guardia. El Teniente Lemos que era el oficial aquella noche, acudió a mi litera y me dijo:

¡Vístete, que me tienes que acompañar!

Iba impecablemente vestido con su uniforme blanco impoluto, su bastón de mando de madera acabado en una figura de marfil, en que apoyaba sus palmas una encima de la otra y los pies separados, preparándose para erguirse y dirigir un espectáculo. No llegaba a los sesenta y cuatro, pero me dijeron que le daba a la bebida, llevaba siempre una petaca plateada con cubierta de cuero teñido. También le gustaba tomar el sol en su residencia de Valdoviño, ciertamente le confería un aire avejentado. Lemos era un teniente con aspecto de coronel. Siempre lo vi de blanco, así lo recuerdo todavía ahora.